i,m a walking fuel tank
a spark away from exploding
leaving a wet trace behind
present and past
confabulating against me
present and past
looking for matches
to watch me burn
lunes, 16 de julio de 2012
lunes, 9 de julio de 2012
lunes, 2 de julio de 2012
abel
Cuando Abel nació, ya
era huérfano de padre. El pobre infeliz había fallecido pocos
minutos después de recibir la llamada de su propia mujer, avisándole
que había roto aguas. Un simple semáforo en rojo truncó los
prospectos de una familia. Romper aguas. Como si alguien alguna vez
hubiera podido infligir heridas al agua. Semáforos rojos. Como si
nadie se los hubiera saltado. - Bonita historia. -
Durante el típico parto
de las primerizas, la madre de Abel jamás dejó de preguntar por su
marido. Aun mientras las lágrimas se desbordaban por sus escuálidas
mejillas. Aun mientras los médicos ensanchaban manualmente su
vagina. Aun mientras se le formaban hematomas en el vientre de la
presión ejercida por puños desconocidos. Aun en el momento en el
que por fin tomó a Abel en sus brazos por primera vez. No se percató
de sus pequeños ojos oscuros, de sus minúsculas manos, de su piel
de suspiros. Seguía llamando a un marido que jamás habría de
llegar, desoyendo el llanto de un - adulto - recién
nacido que la llamaba.
- Aquí tiene a su niño. Un bebé sano con diez dedos en las manos y diez en los pies – dijo la inocente y risueña enfermera que la atendía.
Murmullos violáceos.
- Señora, su hijo...
- ¿Es usted la mujer de Fernando García Tur?
Policía municipal.
- La vecina del segundo. - Fernando García Tur. Ése era el
nombre. Silencio verde.
- Señora, lamento informarle...
Y los compases de la
noticia resonaron por siempre jamás en su vientre, en su corazón,
en su cabeza. Desde ese preciso instante supo que estaba hueca en su
interior. Vacía.
A pesar de todo, Abel
pudo salir adelante gracias al esfuerzo de la abuela materna, Águeda.
Sabedora de cuánto amaba y ama su hija a Fernando, comprendió en
seguida que Abel iba a necesitar de toda su ayuda. La madre se negó
a darle el pecho, se negó a arroparle, se negó tan siquiera a
compartir el mismo aire que él. Ese monstruo inocente que no podría
ser ni la sombra de su progenitor.
El whisky barato nutrió
la desesperación materna en cuanto recibieron el alta. Recibir el
alta. Como si no fuese más sencillo haber recibido el certificado de
defunción.
- Los Reyes son los padres, y el ratón Pérez son los padres...
En el colegio Abel nunca
acabó de encajar. Ni los niños ni las niñas le tenían en alta
estima. - Y aquel rincón en el patio. - Era el pequeño
que siempre traía la misma descolorida camisa vaquera. Semana tras
semana. Una constancia que la madre habría deseado para sí mientras
aparecía y desaparecía de la asociación de alcohólicos.
¿Rehabilitados? Su buena aptitud y su silencio le ganaron la estima
de los profesores que tuvo en aquellos años.
- ¿Te acuerdas de cuando lloraste en el parvulario?
- No.
La primera relación
sexual de Abel fue, cómo no, consigo mismo. Como gran parte de las
siguientes. Era incapaz de sentir nada. Absolutamente nada. Otra
bonita particularidad de origen desconocido, pero descifrable. Era un
paciente anestesiado, tumbado en una mesa de operaciones. Nunca supo
qué era el amor, porque nunca supo del odio. Se sentía un peón
translúcido, casi invisible, excepto para Hacienda, en una
gigantesca y obscena partida de parchís. No importó nunca el
receptáculo de su semen. La salida impetuosa de perlado líquido
vital apenas se diferenciaba de cualquier otra excrecencia que
asomara por cualquier otro agujero. De las miríadas de futuribles
Abeles, la mayoría se le antojaba infeliz; el resto, moribundo.
Mujer, hombre. Da igual. Soledad. En tanto en cuanto Abel era una
persona cabal, - eso piensa él - decidió entregarse
en soledad a su soledad. Tener que entablar tontas conversaciones
post-coitales le fastidiaba a sobremanera. Y no encontrar su ropa.
Y ya nunca lo sabría.
Drogas. Tienen un nombre
feo. Pero las trufas tampoco se visten a menudo de domingo. Las
buscan cerdos y las devoran sus compañeros de póker. Casi como las
drogas. Pero ambas estaban deliciosas. El THC se convirtió en la
sólida argamasa que cimentó el muro de su super-ego, impidiendo al
abordaje de los instintos. Pero merecía la pena. También mantenía
a raya los demonios.
- Es curioso – pensó. Las palabras 'instinto' y 'demonio' no le parecieron tan distantes.
Para coronar la atalaya
bélica ondeaban los pendones de Águeda, tan llena de abnegación
como de ira.- ¿Quién se
cree?
Masturbaciones
cuasi-compulsivas.
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